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África

Djerba, la isla de los lotófagos de Ulises

Pilar Navarro 15 mayo, 2018

Djerba tiene algo especial. Cuentan los historiadores que la isla fue lugar mítico para la paz y el descanso. Homero, en el siglo VIII a. C, en La Odisea, narra las aventuras de Ulises en Djerba, denominándola la Isla de los lotófagos, porque sus habitantes comían lotos “… fruta dulce como la miel que sume a todos los que lo degusta en las delicias de un olvido benefactor que borra todas preocupaciones de la existencia. Ulises quedó tan maravillado, que le costó retomar el viaje a Ítaca después de haber hecho aquí un alto en el camino.

En el Periplo de Pseudo-Escílax, obra del siglo IV a.C. que describe un periplo alrededor del Mar Mediterráneo, Mar Negro y las costas de África, se dan las indicaciones más antiguas que se conocen de la isla en la que se menciona que la isla “…produce mucho aceite, que se obtiene de los olivos silvestres; la isla también produce muchos frutos, trigo, cebada, la tierra es fértil.

Djerba constituye uno de los pocos casos de tolerancia religiosa. En ella vive la mayor comunidad judía del mundo árabe. Tras la destrucción del templo de Salomón, hace más de 2.500 años, varias familias judías huyeron por el mediterráneo y decidieron instalase en la isla. Sus descendientes todavía habitan esta tierra. Como ejemplo de convivencia entre judíos y musulmanes, merece la pena visitar la sinagoga de “La Ghriba”, una de las más apreciadas por la diáspora judía, ya que, la primera piedra que se colocó en ella procedía del templo de Salomón, según cuenta la leyenda. De hecho, los judíos que residen en la isla, son sefardíes, procedentes de España cuando fueron expulsados, ya que la isla perteneció a la corona de Aragón.

Fui a Djerba en vacaciones de verano y me encantó. Aunque es la mayor isla del norte de África, se trata de una isla pequeña, con 514 km² de superficie. Pertenece a Túnez y está en el golfo de Gabés a 2 kms de la costa. Es un pequeño paraíso rodeado de playas de arena blanca, aguas cálidas y azul turquesa. Gustave Flaubert la denominaría “la isla de las arenas de oro”.

La isla se comunica con el continente por una carretera de 7 kms de longitud, denominada “calzada romana” que data del siglo III a.d.C. hasta la localidad de El Kantara.

La capital de la isla es Houmt Souk. Es una ciudad llena de casas blancas con persianas azules, paredes decoradas de buganvillas y muchos mercados, de ahí su nombre, Souk, que significa zoco. Es una ciudad muy agradable para pasear y para conectar con los locales. La actividad principal se desarrolla entorno a los mercados, donde puedes encontrar tiendas de cerámica, artesanía de fronda de palma, tejidos y muchas joyerías. Yo me traje muchos cuencos de cerámica de colores y me volví loca con unos títeres muy divertidos que parecen músicos indus y no sé cuántos compré, solo sé que cada miembro de mi familia se llevó uno de regalo.

Djerba es conocida como “la isla de las cien mezquitas” por la cantidad de santuarios que hay repartidos por toda la isla. En Houmt Souk no podéis dejar de visitar las más representativas, como lo son la mezquita Sidi Brahim el Jamni (siglo XVIII), la de los Extranjeros y la Turca aún conservan enterramientos otomanos de valor histórico.

Nosotros también nos acercamos andando al Fuerte Ghazi Mustafá o Borj el Kebir, en el puerto, también conocida como la fortaleza española porque fue protagonista de numerosas batallas entre españoles y otomanos. Se trata de un castillo árabe del siglo XV, que sirvió de guarnición a varios pueblos: árabes, españoles y turcos.

A 9 kilómetros al sur de la ciudad se encuentra la localidad de Erriadh en el centro de la isla. Allí hay dos visitas que no debes perderte. Una es la sinagoga de El Ghriba o “la maravillosa” (1920), símbolo de la rica herencia judía en la isla. Esta sinagoga es una de las más apreciadas por la diáspora judía ya que la primera piedra que se colocó procedía del templo de Salomón. En ella se encuentra una de las Torah más antiguas del mundo, y todos los años, 33 días después de la Pascua judía, hay una importante peregrinación de fieles de toda África del norte.

La otra es Djerbahood, cuyo fundador, Mehdi Ben Cheikh, tuvo la iniciativa de convertir el pueblo Erriadh en un “museo a cielo abierto” y para ello invitó a más de 150 artistas de distintas nacionalidades a cubrir los muros del pueblo con verdaderas obras de arte.

Y, por último, una de las visitas más emblemáticas que hicimos fue a la ciudad de Ajim, en la zona de Tataouine, a 20 kilómetros de la capital. Allí se encuentra los escenarios donde George Lucas rodó algunas escenas de La Guerra de las Galaxias: Episodio IV, Una Nueva Esperanza. En marzo de 1976, el pueblo se usó como telón de fondo en las secuencias de Mos Eisley, una ciudad portuaria en la película, ubicada en el planeta Tatooine, que Obi-Wan Kenobi la describe como una “miserable colmena de escoria y villanía”. Por lo visto la primera vista de esta ciudad ficticia es una toma del Valle de la Muerte en California y la filmación real tuvo lugar en Djerba. La entrada es gratis, aunque hay guardias que “aceptan” propinas.

En definitiva, Djerba es un maravilloso “bon motif”.

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