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Asia

La Muralla y los libros

Pilar Navarro 9 noviembre, 2018

Estuve en China hace unos años, haciendo un recorrido por Asia con mi hermana. Beijín fue nuestra primera toma de contacto, y por supuesto, lo que más deseábamos, aparte de perdernos en la Ciudad Prohibida, era visitar la Gran Muralla, la mayor obra de fortificación de la historia de la humanidad. Aunque la Gran Muralla cuente, hoy en día, con más de 2.000 años de historia, no nos enteramos de su existencia hasta hace relativamente poco, cuando en el año 1605 el explorador portugués Bento de Gois la descubrió durante una expedición y quedó impresionado.

Profundizar acerca del origen de la Gran Muralla supone también palpar la historia de este país milenario y de su primer Emperador, Zheng, para los amigos o Qin Shihuang, para sus súbditos.

Cuentan las crónicas que sus primeros cimientos datan del siglo V a.d.C, y se levantaron para defender los feudos de sus vecinos y proteger al país de las invasiones de las tribus nómadas de norte, principalmente provenientes de la actual Mongolia. En aquellos tiempos, lo que hoy es China, estaba dividida en feudos gobernados por señores que invadían a sus vecinos para ampliar fronteras, generando pequeños estados que competían entre sí. Con la muralla, no sólo se protegían de las invasiones, también de los saqueos a las rutas comerciales, como a la preciada Ruta de la Seda.

Fue Qin Shihuang, en el año 221 a.d.C, quien se impuso a sus rivales y unificó por primera vez China, convirtiéndose en el primer Emperador de los Qin. Levantó su propia muralla al norte del país y la unió a las ya existentes, para evitar la invasión de las tribus de Mongolia. Aunque su imperio fue corto, apenas duró veinte años, su influencia se ha mantenido a lo largo de la historia.

Cuenta Jose Luis Forges en su ensayo “La muralla y los libros” que leyó “que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue el primer Emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones -las quinientas o seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de su historia, es decir del pasado- procedieran de la misma persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó… Históricamente -agrega- no hay misterio en las dos medidas. Contemporáneo de las guerras de Aníbal, Shih Huang Ti, rey de Tsin, redujo a su poder los Seis Reinos y borró el sistema feudal; erigió una muralla, porque las murallas eran defensas; quemó los libros, porque la oposición los invocaba para alabar a los antiguos emperadores. Quemar libros y erigir fortificaciones -concluye- es tarea común de los príncipes; lo único singular en Shih Huang Ti fue la escala en que obró…”.

Dentro de las obsesiones y manías del emperador, una de las más amargas fue intentar borrar la historia de China anterior a él, e intentar reescribirla a su manera. Para ello, una de las maneras de hacerlo fue quemando todos los libros que recogieran la sabiduría de la antigua China. Además, también persiguió a los intelectuales de las “Cien Escuelas de Pensamiento”, conjunto de filósofos y escuelas que elaboraron pensamientos e ideas que han tenido una gran influencia en el estilo de vida y la conciencia social de los habitantes del este asiático. Entre estas escuelas se encontraba el taoísmo de Lao Tsé, el moísmo de Mozi o el confucionismo de Confucio.

Es de suma importancia la figura de Sima Qian (145 – 90 a. C.). Lo que el mundo sabe de la historia antigua de China es gracias a este hombre. Continuando la labor de su padre, recogió la historia de China desde el comienzo hasta su época, en su obra Memorias Históricas. Fue él quien dejó escrito los hechos de la quema de libros.

A pesar de que el Emperador fue un personaje muy controvertido, aún hoy día es considerado como una especie de fundador en la historia china porque consiguió unificar China. Quizás hayas oído hablar de su mausoleo, cerca de la ciudad de Xi’an, donde fue enterrado con más de 8.000 figuras de guerreros y caballos de terracota a tamaño real, custodiando su cámara funeraria.  Según dicen, en la tumba del emperador se guardan originales de los libros que mandó destruir. Esto se verá cuando se consiga acceder a la famosa tumba y así conocer mejor la historia de una de las civilizaciones más antiguas y la única que ha conseguido permanecer vida hasta hoy.

Afortunadamente la dinastía de los Qin se desmoronó pronto y la dinastía de los Han, consiguió restaurar muchas de las costumbres y rituales, colocando al confucionismo como pilar angular.

Las dinastías posteriores continuaron su labor reparando y extendiendo la Gran Muralla. Sin embargo, no sería hasta la dinastía de los Ming, cuando la muralla recobró el peso perdido durante los siglos previos.

Precisamente la sección que visitamos mi hermana y yo, en el paso Juyong, fue construida por la dinastía Ming (1368-1644). Se trata de la sección más cercana a la Beijín, a apenas 60 kilómetros de distancia, y la mejor opción si no dispones de mucho tiempo, ya que no está tan concurrida como la de Badaling.

La dinastía Ming construyó la muralla tal y como la conocemos hoy en día, de ladrillo y piedra con un pasillo central almenado y con torres intercaladas. Desde su palacio, en la Ciudad Prohibida de Beijín, los emperadores Ming, hicieron todo lo posible para evitar que los manchúes se hicieran con el control de China. Sin embargo, 40 años más tarde, la dinastía Ming es derrocada por los manchúes, estableciendo en 1644 la nueva Dinastía Qing que ha gobernado China durante dos siglos y medio hasta 1911.

En general, el período Qing proporcionó a China paz, prosperidad y seguridad, por lo que la Gran Muralla dejó de tener su función por la que fue construida. Bajo la dinastía Qing, el imperio tuvo su mayor extensión territorial y el comercio aumentó sobre todo en Europa.

Hoy en día la Gran Muralla es uno de los monumentos más visitados del mundo y es visita obligada si vas a Beijín. Espero que hayas disfrutado de la lectura y de este viaje en el tiempo. Los viajes nos enseñan a mirar las cosas sin barreras de tiempo, por eso es tan enriquecedor conocer la historia de esos lugares que visitamos para darnos mayor amplitud de miras. ¡Ahí te dejo mi bon motif!. ¡Hasta pronto! 再见

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